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> Bunker Spreckles – El príncipe del surfing y de la decadencia

>> La semana pasada en "Hemisferio Surf" hablamos sobre Bunker Spreckles, un surfer que deslumbró en los ´70 con su surfing pero que precisamente no sería el novio más recomendable para tu hermana. Todos conocemos a Parko, Slater, Curren, Occy… pero hay un buen puñado de nombres que quizás no conozcas en este mundo que rodea a las olas. Bunker Spreckles es uno de ellos. Basta con ver un par de fotos del chavalote rubio con mirada perdida para preguntarse ¿Quién es ese..? Para los que no lo sepáis el libro Bunker Spreckels: Surfing’s Divine Prince of Decadence (Taschen) rescata su triste y espectacular biografía visual y el documental Bunker77 lo llevó a la gran pantalla. Heredero multimillonario, hijo adoptivo de Clark Gable creyó huir de su predecible destino para transformarse en hippie y buscar refugio en su Hawaii natal. Aquí os enseñamos con pelos y señales el turbio y extravagante mundo de Bunker Spreckles. Avisamos que esta lectura no está recomendada para menores de 18 años… pero sólo avisamos.

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>> "Vive rápido, muere joven y tendrás un cadáver bonito", decía James Dean. Adolph Bunker Spreckels III, el hijastro de mítico Clark Gable le hizo caso y a los 27 años dejó esta vida víctima de la heroina. Pero antes, antes de la muerte y de la heroina, Bunker fue uno de los surfistas más polémicos que este deporte ha tenido. Niño rico, soul surfer, drogadicto, en su corta vida hizo más que la mayoría de la gente.

"Sólo soy libre en el agua", dijo. Y en verdad lo era. Lo han dicho quienes le contemplaron en acción. Bunker Spreckles, californiano, rubio, espigado, bronceado, chico de mucha playa. La imagen tópica se esfumaba en cuanto se le veía enderezarse sobre la tabla de surf, girarse, crecer, arrodillarse, flotar, usar a su antojo crestas y llanuras, volar "a la velocidad del tigre", sobrevivir airoso como un acróbata a las olas verticales de las playas de Hawai, esas islas Sándwich en las que el capitán Cook, allá por 1778, vio "algo sobrenatural": a hombres deslizarse sobre las olas, fundirse en ellas.

Una masa de agua nacida de corrientes profundas; movida, dicen, por los frecuentes terremotos de la zona; columnas de roca líquida que barren el North Shore de la isla de Oahu, en Sunset Beach, o el Pipeline (una meca del surf, el centro de la muerte) u otras. Aquellos lugares que amó ABS III por encima de todas las cosas. Todo en su estilo era animal. El superman del surf chic proclamaban las revistas. La tabla, su sostén; la que te mueve, te empuja, te rescata. Mientras la tuvo (durante 18 años), todo fue bien. Cuando la abandonó, Bunker se descentró, engordó, se perdió. Una sobredosis de heroína lo hundió para siempre. A los 27 (1949-1977).

"Cabalgar las olas limpia el cuerpo, y si se hace entregado, también el espíritu", le dijo al periodista, amigo y surfista C. R. Stecyk en su última entrevista. Ésta se recoge en el libro de Taschen Bunker Spreckels surfing’s divine prince of decadence, con fotografías de Art Brewer, también colega deportivo de Bunker y editor del Surfer Magazine. Hay en él una imagen de Brewer que marca el inicio y el fin. La primera que le tomó al conocerle. Un adolescente delgado, posando de perfil, mirando hacia el mar, estirado cual soldado mientras el sol se derrumba en el horizonte y lo convierte todo en un mundo dorado, esplendoroso, con su tabla corta como un tesoro reluciente a sus pies.

Hubo una época, cuenta Bunker Spreckels, en que estaba convencido de que ser bueno en el agua exigía ser mejor persona. Luego no: "Luego supe que cualquier surfista puede ser un gilipollas". "Goza del presente y no confíes lo más mínimo en el mañana". Carpe Diem, que decía el poeta Horacio allá por el siglo I antes de Cristo. En ningún sitio consta que Bunker estudiara latín (su futuro se proyectó como corredor de Bolsa), pero el significado de la frase lo aprendió bien desde chico. Con Clark Gable, el famoso actor, su padrastro.

Siguiendo tal consejo, Bunker consumió cada día de su vida como una ola gigante que todo lo arrastra. No conocía el miedo. Ni en líquido ni en sólido; entre tanta subida, tanta adrenalina, tanta bajada, no parecía sentir ni frío ni calor… Murió Gable, al que quería, el que le enseñó las cosas de la vida que no le contó su padre verdadero; le habló de la banalidad de Hollywood, de secretos de mujeres; le inculcó el gusto por la lectura, la técnica del látigo, los cuchillos y el lazo. Murió Gable, y su hijastro dice: "Sí, estuve triste un rato por su muerte; un día o así".

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Bunker, el niño pijo, se hizo hippy en los sesenta, se alejó del dinero y la comodidad familiar, se ganó el sustento fabricando sus propias tablas de surf, cortas y gruesas (que llegarían a valer hasta 10.000 dólares en subasta), con maderas de wiliwili, hau, guava, koa, ulu…: "Me gusta llevarlas al océano o al río y observar cómo flotan, cómo se mueven sin nada encima", contaba. Llenó con su nombre, su historia, su pericia, su cuerpo sumergible y bien dotado, las playas de Hawai, en un tiempo en que el surf (He e’nalu, llamaban los polinesios a "este deporte de reyes") era ya cosa de mortales que sorbían las olas y las perseguían por el mundo: camionetas, vestidos y mentalidad flowerpower, mucha fiesta, mucho coche, mucho rock and roll, mucha marihuana, muchas drogas y el LSD que completa la emoción de la subida, la bajada, el giro, el grito, el desenlace. "Todo el mundo era un rebelde con causa o sin ella", dice Bunker.

El surf era para él la vida; la provocación, el reto, el riesgo… el poder del agua, del sol, del viento, y el tirón milenario de una tradición que se recoge incluso en leyendas orales. Una técnica que él, al que los nativos de Hawai consideraban un príncipe reencarnado, aprendió de los grandes Beach Boys de Waikiki y que sus ancestros, los Spreckels, conocían bien. Su padre, vividor y representante perfecto del espíritu aloha del cine de Elvis, se fundió 50 millones de dólares de la época en un pispás. Y antes de él, el creador de tal fortuna: su abuelo. El barón Klaus von Spreckelsen, nacido en Hannover, de raíces vikingas; emigró a América en 1846, se dedicó a negocios de ultramarinos en Nueva York y luego a la cerveza en la costa Oeste. Klaus acabó siendo Claus, convertido en magnate de la industria azucarera e intimando con David Kalakaua, último rey de Hawai. "Si miro en mis notas sobre mi familia, veo la palabra corrupción. Corrupción. Sobornos con opio. Regalos al rey", dice el nieto.

Cuando ya era medianamente conocido, Bunker lo intentó: hacerse invisible, pasar inadvertido; se escondió en el bosque en pos de una existencia natural, para huir de su condición de hijastro de Gable, de los pedigüeños de autógrafos, de los que le creían ya carne de paparazzi, de las chicas que se le pegaban por su digno arte de cabalgar olas y la fortuna que se le suponía.

"En casa querían que fuera a la academia militar de Saint John. Y fui. Una pesadilla. Querían que fuera banquero, embajador o diplomático… Yo deseaba ir a Vietnam, volar en misiones allí, pero me aparté del propósito. -¿Cómo? – Por el tipo de vida que comencé a tener en Hollywood. Actividades de la juventud americana, el surfing y follar. Quedé cautivado por la cultura de los sesenta, salía con Miss Teen California, nos divertíamos con pequeños viajes… Yo tenía una filosofía anarquista de la vida".

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La familia lo intentó todo para sacarle del charco, le enviaron psiquiatras a la playa, a las casas que compartía. Pero no hubo modo. Sin que nadie pudiera evitarlo, heredó Bunker la fortuna azucarera de su abuela materna a los 21; ese día se fue al banco en coche, lo sacó todo en efectivo, lo guardó en su "cueva" y se dedicó a gastarlo sin más: "Unos 500 dólares por día". La única diferencia en sus hábitos, dice: "que comía mejor". Y que le salían amigos a miles. Su paisaje playero mutó en otro repleto de coches y guardaespaldas, de mujeres sin nombre, de escenarios y hoteles para desparramar por el mundo: París, Suráfrica, Honolulú, Kahuku, Hollywood.

"Solía follar mucho. Aún lo hago. Me beneficié a 64 chicas en una semana. Fue cuestión de ego"

Tuvo muchas, y sólo una, Ellie, tan del estilo de aquellas chicas Warhol de The Factory, se mantuvo a su lado tres años. Se la ve en las fotos de Brewer, rubia, dulce, espléndida, provocativa, botas altas y abrigos largos de piel, o en biquini, acompañándole hasta que ya no pudo ser: cuando ya Bunker era más que Bunker, cuando mutó de hippy surfista a playboy hortera; cuando se hizo intérprete de sí mismo, creó su álter ego, hombre extravagante y excesivo que montaba escándalo allá donde estuviera. Se llamaba a sí mismo "The Player", e hizo de su propia vida una representación, con camarógrafos y fotógrafos que le seguían por el mundo y daban testimonio de sus locuras, una suerte de pionero del Gran Hermano. Se comportaba como rey de la escena, como estrella de rock. Era una fiesta ambulante y continua.

En la entrevista tras hablar de la familia, de Hawai, de surf y tablas, del dinero que le dio poder y libertad, de excesos de drogas, de su amor por las artes marciales, las armas y las mujeres, de su viaje a Suráfrica, de la gente que encontró en su peregrinar, confiesa que quiere cambiar de vida. "Es el momento", dice. Va a rodar películas con Warhol, Kubrick o Nicolas Roeg, y a dedicarse al negocio musical: "Formaré una banda, porque yo soy muy showman". Un mes después murió de sobredosis. La vida del pobre niño rico fundida como el azúcar.

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