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> «El Primer Turno…» ~ Por Carlos Serrano

>> El surfing sostiene su mística y atractivo en varios pilares básicos que, inmersos en un mundo repleto de información y muy dado a los eslóganes, podemos considerar ya como tópicos: libertad, sensación de ingravidez, superación… Si bien no por mil veces oídos son menos ciertos, la realidad es que dichos atributos del surfing han llegado a verse corrompidos por la presión de una sociedad que busca experiencias pasando por alto la historia de las mismas. Uno de los pilares sobre los que se sustenta el surfing es su anarquía intrínseca frente a toda clase de normas establecidas y pautas de conducta: no existe una reglamentación más allá de la que necesariamente rige el surfing de competición, por razones obvias. Las únicas leyes existentes en el surfing mundano, el del día a día, se sostienen sobre un acuerdo tácito entre surfers, unos títulos no escritos y por nadie aprobados, cuyo legislador no responde a una persona particular sino a una comunidad primitiva y pionera...

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Muchas personas ajenas al mundo de las olas se sorprenden cuando descubren la existencia de ésta anarquía pactada.

Recuerdo el caso en particular de un primo que, frente a uno de los Códigos del Surfing presentes en algunas de las playas de Cantabria, me preguntó qué sucedía si se infringían las enseñanzas descritas en dicho código. Mi primo, un adolescente urbanícola, futbolero y poco acostumbrado al salitre, seguramente esperaba que enunciase una sanción ejemplar: tarjeta amarilla al que salte una ola, no esperar tu turno en el pico equivale a dos minutos en la arena… En fin, unas pautas que premien a los amantes del buen juego y corrijan a los indisciplinados. El pan nuestro de cada día para los aficionados al deporte olímpico.
 
Narré a mi atento primo la ya consabida charla que todo surfer alguna vez en su vida ha dado o dará: que el surf es un deporte donde prima el respeto, el buen rollo y la generosidad a la hora de entender que las olas no tienen dueño… Pero me era difícil de explicar esto mientras, apoyado en el Código del Surfing, contemplaba como en el pico de enfrente se producían toda clase de atropellos, saltadas, quillazos y revolcones.
 
Hace bien poco realicé un pequeño descubrimiento particular relacionado directamente con la reflexión que me produjo la curiosidad insaciable de mi primo. Algo puramente anárquico y libre. Algo surfer.

Dentro de la anarquía que supone el surfing se engloba la total libertad de horarios: es el Sol quien inicia y  da por finalizada la jornada con su salida y ocaso, y corresponde a los surfers elegir el momento adecuado para meterse al agua.

Los más avispados serán quienes seleccionen mejor su momento para el baño, mientras que otros saldrán damnificados porque el momento idóneo, las olas buenas, coinciden con su jornada laboral, estudiantil o demás obligaciones cotidianas. Tal y como yo lo veo, esto es parte del surfing y de su sintonía con la caprichosa naturaleza, que no entiende de normas sociales y horarios humanos.

Sin embargo, esta libertad empieza a verse corrompida cuando  los propios surfers eligen el momento del baño influenciados no por las condiciones del mar o por sus quehaceres diarios, sino por sus propios compañeros de pasión. Estoy hablando de los demás surfers.

Existe en todas las playas de España donde el surf es actividad hegemónica un momento, un rincón en el espacio temporal, un suspiro para muchos llamado el primer turno.

Quien escribe éstas líneas sabía de su existencia desde una perspectiva lejana, propia de alguien que todavía, gracias a su situación personal, no ha tenido que conocerlo a fondo. El primer turno era como los basureros de ciudad: sabes que existen, que todos los días salen a realizar su trabajo, pero que no comparten tu horario y por tanto es inusual verles. Pero están ahí.

Hace unas semanas acudí a la tienda de uno de los pioneros pionerísimos del surfing cántabro. Hablamos de olas y le comenté que al día siguiente planeaba madrugar, ya que debía atender al trabajo por la mañana. Con una sonrisa afable me dijo que nos veríamos en el agua, y cuando ya estaba a punto de despedirme, me preguntó a qué hora entraría. “Ocho y cuarto calculo, depende de cómo duerma hoy…” contesté, pensando para mis adentros que más bien sería a las ocho y media, pues me conozco mejor que nadie, y me encontré con la risa irónica de mi interlocutor y su frase: “bueno, entonces tú te apuntas al segundo turno. Yo voy al primero, que es cuando no hay gente, ya sabes…”

La curiosidad clavó en mí su aguijón y decidí que al día siguiente vería con mis propios ojos esas extrañas y misteriosas criaturas que habitaban las aguas del primer turno. Yo ya me había pegado bastantes madrugones considerables para surfear a lo largo de mi vida, pero siempre respaldados por un buen parte, por lo que decidí entrar al agua con los pobladores del primer turno un día en el que la previsión no era nada del otro mundo.

Una noche de cervezas en La Huerta me convenció de que sería mejor ver la salida del agua de aquellos primerturnistas que la entrada.
 
Mi primera impresión cuando me presenté en el parking a las ocho y media de la mañana (no podía ser de otra forma) fue que aquello que veían mis ojos respondía a un guión ya anunciado: surfers que se quitaban el traje para ponerse la americana y que guardaban el maletín con los papeles del trabajo junto con la parafina, el invento de repuesto y la toalla. Vi dueños de comercios como el pionero pionerísimo e incluso un guardia de seguridad que acababa de terminar su turno de noche. Personas que madrugaban por necesidades de horario. Nada nuevo bajo el sol.

Las olas no superaban el medio metro, y aunque sus formas eran bonitas bajo la suave brisa offshore de las primeras olas de la mañana, la mayoría dejaban ver una falta de fuerza propia de los swells veraniegos.

Todavía con el sueño en el cuerpo, me acerqué al pionero, que enfundado en una toalla, me miraba con una mueca combinada entre la ironía por mi madrugón tardío y la alegría que desprendían sus ojos bajo las cejas canas. El baño, al menos para él, debía haber sido bueno.

Detrás vi a otro de los pioneros pionerísimos que junto con él y su pandilla de descubridores surfearon por primera vez rompientes que hoy en día no conocen la soledad. Shapearon las primeras tablas que muchos surfers primigenios verían jamás, y con materiales propios de otras artes crearon los primeros trajes de neopreno, las célebres corazas.

Le pregunté, casi por impulso, que tal habían estado las olas.

“Un poco flojito, muchas parecían que iban pero no… Eso sí, en cuanto baje la marea va a haber olas”.

En vez de quedarme con el valioso dato, mi ingenuo yo interior le abordó con otra pregunta.

“¿Y por qué no has esperado un poco? Todavía es pronto… ¿no? En vez de pegarte el madrugón…”

No había acabado de pronunciar estas palabras cuando llegaron tres coches abarrotados de tablas; sus ocupantes bajaron de un salto y mirando ávidamente las olas entre grititos de júbilo, procedieron a sacar unas tablas delgadas y amarillentas, decoradas con  pegatinas de marcas arruinadas por la crisis, de los atestados maleteros.

“Esto en media hora larga, a las nueve y pico, ya estará lleno de gente. Y para que no me dejen coger ni una ola y salirme cabreado del agua, vengo antes y surfeo peor pero sólo. ¿No te parece?”

 Y sin esperar mi respuesta, quizás molesto con mi ingenua pregunta, se dio la vuelta y se dispuso a guardar su longboard en la funda.

Miré a mi alrededor. Efectivamente, el parking se iba llenando por momentos. Algunas caras conocidas de surfers que, como yo, eran habituales del que el pionero llamaba segundo turno.

Si tuviese que explicar a mi primo que el surfing es una actividad basada en el respeto y la generosidad hacia el resto de surfistas, pero que alguien como mi amigo pionero no puede venir a la hora que le dé la gana a surfear la playa que él mismo descubrió cuando los surfers en España no eran más que los “locos de las tablas” seguramente le confundiría. Tampoco comprendería por qué el pionero debe renunciar a surfear en verano, cuando el agua está más caliente y sus desgastados huesos sufren menos los envites del mar, cuando los mares son más débiles y le permiten desenvolverse con menor esfuerzo en los picos que él mismo bautizó.

Mi primo no comprendería cómo el pionero puede ser saltado una y otra vez por jóvenes que desconocen que gracias a él experimentan ingravidez, libertad y superación, y que por ello debe buscar rincones apartados bajo las luces del alba, cuando esos jóvenes aún duermen, renunciando a su derecho a elegir, acorde con los caprichos de la Naturaleza, el momento de adentrarse en las aguas que él mismo desvirgó.

Mi primo no comprendería cómo un deporte basado en los descubrimientos, la experimentación, el ansia de ir más allá, de surfear rompientes nunca antes surcadas por el hombre, maltrata a sus pioneros de una manera tan cruel como humana: todo pasa, nada queda como diría Machado, en un mundo de eslóganes, tópicos y promodels.
 
Pero estos pioneros, en una incesante búsqueda de reencuentro con las sensaciones que aporta el surfing, miran hacia otro lado… ¿Qué es el surfing  sino la incesante búsqueda de una sensación pasada, el ansia de revivir la satisfacción de surfear aquella ola perfecta, que nos conduce al agua una y otra vez sumidos en una especie de locura cuerda con el único objetivo de volver a experimentar aquella felicidad?

Por ello deciden alejarse, abandonar la lucha contra las nuevas hordas de surfers que olvidaron o nunca aprendieron esto, que no conocen su historia y a los que sólo importa la propia.

Manteniendo viva, más de cincuenta años después, la pura esencia del surfing.

Carlos Serrano

"Parafa es el rincón de las personas corrientes: de aquellas que aman el surfing en todas sus formas y colores, satisfaciones y perjuicios, éxitos y fracasos…Todas tienen su sitio entre las líneas de Parafa"

www.parafablog.es

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