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> Surf y literatura: «Los que hemos amado» – Willy Uribe

>> Comentario de Eduardo illarregui – En tiempos de agencias de viajes, touroperadores, hoteles resort, teléfonos móviles, facebooks, blogs en los que la gente narra sus vacaciones en el otro confín del planeta en tiempo real, la lectura de la recomendable novela de Willy Uribe, Los que hemos amado (Editorial Los libros del Lince), viene a recordarnos una época ya casi olvidada en la que los surfaris suponían embarcarse rumbo a lo desconocido; eran, por tanto, toda una aventura que entrañaba ciertos riesgos, como la posibilidad de perdernos en el mundo, disolviéndonos, en éste, sin dejar huella ni rastro alguno, tal y como sucede con una aspirina efervescente en mitad del océano. La historia en cuestión transcurre en los turbulentos inicios de la década de los ochenta. Eder y Sergio son dos jóvenes vizcaínos, entusiastas del surf y ávidos de emociones fuertes, que planean irse una buena temporada a Marruecos, a pillar unas cuantas olas de esas que ilustran las revistas que les llegan con cuenta gotas desde Francia…

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willy_uribe_libro.jpg>> Eder es de buena familia, tiene pasta y está acostumbrado a salirse siempre con la suya; Sergio Santos es todo lo contrario, es un pobre paria, fácilmente influenciable y su única familia es una madre tan jovencísima como inmadura que le abandona y se va a hacer el hippie a Las Canarias. Es por tanto una presa fácil en un mundo de falsas apariencias, medias verdades e intereses ocultos, como el que describe con pulso firme y sin concesiones edulcorantes Willy Uribe (Bilbao.1965). En  Marruecos, el plan oficial maquinado por Eder es tan seductor como sencillo: surf, hachís y vitamina C. Pero todo se complica, no porque el destino les tenga preparado un imprevisto de última hora como en la mayoría de las historias, sino simplemente porque, como en casi todo en la vida, subyace una finalidad oculta, trazada ésta igualmente por la siniestra mente de Eder, claro exponente de la maestría del autor a la hora de crear personajes profundos, con esas sombras que queramos o no, resultan consustanciales al propio género humano y que, tan a menudo, se enmascaran con capas y capas de barniz social, que Uribe nos recuerda que debemos saber escarbar, si no queremos salir malparados.

La obra está plagada, desde el inicio, de inquietantes señales de que lo que aguarda a Sergio Santos al final del viaje no es nada bueno. Pese a todo, decide embarcarse en el surfari. ¿Por qué? La razón puede estar en boca de otro personaje, el galo Nicolás, tan inquietante como Eder, que califica a Santos de ‘Idiot’ (en francés), alguien necio que nunca sabe cuándo se mete en problemas. El protagonista puede ser esto, o simplemente puede ser algo que el surfer conoce muy bien, alguien que por 72 horas de olas perfectas, en un pico sin nombre, está dispuesto a todo, incluso a obviar los malos, muy malos, augurios del destino. Como dice la biografía no oficial de Miki Dora, All for a few perfect waves. Los que hemos amado atrapa desde el principio con su ritmo vertiginoso, conseguido gracias a unos diálogos ágiles y una narración potente, llena de músculo, como un atleta de medio-fondo, que no se detiene ni desfallece un solo momento a lo largo de sus 225 páginas, que se hacen cortas y hará a más de uno batir su propio récord personal de lectura de un libro. Todo contribuye a que el lector devore las hojas de forma frenética, mientras se sume de forma irremediable, sin retorno, y sin poder contener el aliento en el infierno en el que se acaba convirtiendo la vida de Sergio Santos.

Los libros de Willy Uribe son algo más que meros entretenimientos. Cuando se termina uno de ellos, en la mente del lector comienza una digestión, un proceso de reflexión consistente en un sinfín de nuevas lecturas internas. Los que hemos amado no es una excepción. Al terminarlo, deja una angustia instalada, tal y como sucede, al despertar, con las pesadillas. Te deja pensando en cada uno de sus ricos personajes, en quién no ha sido, en algún momento de su vida,  como Sergio Santos, en quién no ha tenido un amigo, una novia como Eder, alguien al que se ha pillado mintiendo, y como en la novela, en lugar de salir pitando, se ha mirado para otro lado, hasta que fue demasiado tarde y uno se encontró de mierda hasta las orejas.

Eduardo illarregui Gárate

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