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> Jan «El Polaco» | Por Carlos Serrano

>> Ha venido para quedarse durante tres meses más: el verano está aquí de la mano del sol, de las olas y de otro ritmo de vida, más lento y agradable: nadie niega que en verano, las cosas se ven de otra manera. Verano en nuestras costas también significa recibir a cientos de visitantes deseosos de librarse del agobiante calor, coger las olas que el invierno encerrados en sus oficinas les ha negado, o incluso iniciarse en ese deporte, el surf, que una vez vieron por la tele y tanto les atrajo. La llegada de estos visitantes a las playas de nuestra región provoca, en cambio, una reacción paradójica entre una pequeña parte de los autóctonos. Muestran sin pudor su desprecio bajo el pretexto de “tu cara no me suena” o bien porque poseen fichas selectas de todos aquellos que pasan por los párquines playeros a lo largo del invierno. Funcionarios eficientes que saben a pies juntillas quién es “mítico” o quién no, y que paradójicamente, rellenan sus bolsillos dando clase a los mismos visitantes que, una vez quitada la lycra y la fachada, vuelven a expulsar de los picos.

 

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Sería de agradecer que dichos monitores, en las largas horas que dedican a los alumnos, les explicasen cómo colocarse en el pico si se es principiante, o mejor, enseñarles a identificar las zonas donde estarán más tranquilos sin convivir con surfistas más avanzados; pero esto requiere de un esfuerzo mental excesivo, resultando más fácil prodigarse en gritos airados en cuanto se ve una tabla de corcho asomando por el pico.

Como los visitantes, a quienes pueden las ansias de surfear tras meses entre papeleo, niños, atascos, frío y obligaciones, se niegan en rotundo a dejar de asomarse por nuestras costas, propongo una medida que quizá sirva para mejorar la convivencia: aquellos de la playa, de toda la vida, deberían hacer un esfuerzo y unirse para adquirir en propiedad un terrero lo más próximo posible a la arena, donde ser fácilmente identificables como locales y ejercer su “derecho” sobre las olas que desde allí puedan verse. Es eso, sólo una idea…

En fin, que como la mayoría de historias entre visitantes y autóctonos que trae el verano se parecen más a una película de Disney o un cuento de Andersen, por eso de que hay malos muy malos, y buenos muy buenos, me apetece traer al caso la fábula de Jan el Polaco, muy conocida en el folklore surfístico de Byron Bay. Jan el Polaco era un surfista habilidoso que, tras ver a Kelly Slater en un reportaje, decidió que en el frío Báltico se podía surfear. Compró una tabla en Alemania y se introdujo en las gélidas aguas, que incluso parecían templadas frente a los 5 grados del exterior, aunque brillara el sol: junto a él, otros surfistas, pocos, apretaban sus manos bajo los sobacos y tiritaban. “Ser surfista en Polonia es duro”, advirtieron a Jan.

zona_surf.jpgPero Jan, entre resfriado y resfriado, siguió surfeando, hasta convertirse en un buen surfista, ecléctico, curtido por las débiles olas polacas. Llegó un momento, cuando se vio con dinero y trabajo, en el que decidió que estaba harto de surfear en aguas heladas y playas grises: se subió en su furgoneta y puso rumbo a España, como antes había puesto rumbo a Italia, Turquía, y Marruecos: Jan era un viajero empedernido. Cuando llegó a nuestras costas, y vio que había muchas olas que elegir, y que la temperatura además era agradable, se emocionó, pensando que aquello era el paraíso del surf más cercano que podía encontrar, por lo que decidió quedarse durante dos meses en Cantabria. Durante esos dos meses, Jan hizo amigos: el dueño del pequeño supermercado playero donde hacía la compra, el del bar de la playa, quien siempre se reía cuando Jan le pedía un par de pinchos más de tortilla, el encargado de la surf shop a donde acudía a reponerse de crema, parafina, y renovar su vestuario de viajero, así como el shaper que le había arreglado un mal toque en la tabla. Incluso el gasolinero del pueblo era amigo de Jan, que era amable con todos.

Un día, Jan estaba surfeando en una ola muy buena y muy concurrida. Pocas veces había olas de esa calidad en Polonia, y deseaba que no hubiese nadie para poder cogerlas todas, temeroso de no poder recordar luego, nunca más, esas sensaciones. Pero estaba siendo paciente y educado, pues el pico estaba abarrotado. Fue en su tercera ola, al volver a sentarse en el lugar de espera, cuando empezó a oír gritos que no entendía.

-“¡Los guiris abajo, esto es el pico!”- un hombre con los ojos fuera de las órbitas, muy juntos tras una nariz prominente, le gritaba a la cara mientras remaba- “Down, not here, go out!”. Jan no entendía lo que quería decir aquel hombre, así que encogió los hombros, algo que no sentó bien al enfadado surfista. Le siguió amenazando, y cuando se cansó, se dedicó, junto con otros cuatro “aplaudidores”, a boicotear cualquier intento de Jan por surfear. Éste, ante la enésima saltada, muy abatido, decidió salirse. La historia se repitió durante aquella semana, y Jan se debatía por dentro: ¿debería irme, ya que me están echando y no soy bienvenido? Pero fuera del agua, todo era amabilidad en aquel lugar, y no tenía ninguna gana de volver a Polonia antes de tiempo: quería aprovechar más aquellas olas. Sin embargo, una última bronca le hizo cambiar el rumbo, hacia el norte, harto ya de no estar a gusto en el agua. Se despidió de sus amigos, a quienes apenó mucho el motivo de su marcha, pero le desearon buena suerte.

Unos días más tarde, cuando Jan estaba ya en Polonia, el dueño del supermercado vio al hombre de ojos juntos que había increpado a Jan haciendo la compra, y le expulsó de su negocio: había viejas en aquel lugar con más años de compra que él, así como madres de familia que iban cada día, por lo que no había comida para los visitantes ocasionales. El otro gruñó y protestó, alegando que había comida de sobra, a lo que el encargado contestó que podría contentarse con la que estaba a punto de caducar. Finalmente, se marchó, echando pestes. Pero a lo largo de la semana, recibió el mismo trato por parte del dueño del surf shop, del shaper y del dueño del bar. Ésto le molestaba especialmente, ya que él vivía en la playa, y por ende, en el bar de la misma: reivindicó su antigüedad, su honor como cliente fijo, pero el dueño permaneció impasible: el euro que pagaba por el café valía lo mismo que el de aquel guiri al que expulsó de allí, aquél que todos los días le compraba tres pinchos de tortilla de patata y le dejaba buenas propinas.

El hombre entendió entonces que no se podía ir por la vida censurando y estableciendo juicios contra los demás, ya que entonces provocaría que los demás le censuraran y juzgaran a él. También entendió que la playa no era suya, al igual que no lo era la comida, y que para estar allí a gusto debía dar un ejemplo de convivencia y conducta, o como habían hecho los amigos de Jan, nadie le haría un mísero favor. Tras entender todo esto y colgar un vídeo en Facebook con el título “Empiezo nueva vida”, el hombre cambió a mejor, y ahora es muy querido en su playa: hasta abrió una escuela de surf, donde transmite lo que sin duda mejor sabe hacer: surfear.

Carlos Serrano

 

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