‘Corchopan’ hasta en la sopa | Por Eduardo Illarregui

Después de pasarme años combatiendo la tendencia de los surfistas neófitos de abandonar el evolutivo, minimalibú, long o cualquiera que fuese el dispositivo de deslizamiento empleado para un fácil y rápido aprendizaje apenas hacen el primer take off por una tabla corta (leer mi artículo sobre ‘La tiranía voluntaria de la tabla corta’), compruebo con estupor que si bien la tendencia se ha revertido, ha sido sustituida por otra, aún más incomprensible si cabe. Esta tendencia no es otra que la de penalizar el uso del foam y de la fibra de vidrio y la de decantarse por las tablas de corchopan o espuma para los días de verano. Y es que a nadie que visita la playa de junio a septiembre se le puede pasar por alto el empleo masivo e indiscriminado de este tipo de tablas, antaño patrimonio exclusivo de los alumnos de las escuelas de surf, por todo bicho viviente independientemente de su nivel, antigüedad y destreza. Es como si de repente el foam estuviese penalizado en el pico.

Y digo que resulta incomprensible porque la única ventaja y aportación que veo en estas tablas al mundo del shape radica en su material, blando, ideal para dar clases a los que empiezan. Y no nos llamemos a engaño, son ideales no porque el surf sea un deporte excesivamente peligroso donde puedas hacerte chichones, abrirte brechas o romperte la cabeza… Porque si esto fuera así, en las escuelas no emplearían tablas de corchopan, sino que obligarían a llevar casco. Más bien su utilidad radica en que ahorra un auténtico pastizal en reparaciones por toques a unas escuelas con una tendencia compulsiva de masificar los picos con unas clases con un ratio de alumnos más elevado que la densidad de población de alguna isla del sudeste asiático. Sobrepoblación que, como digo, no hace más que elevar la probabilidad de siniestros en forma de golpes y bollos, que las tablas de corchopan absorben sin que se resienta su estructura, mermen sus facultades o reduzca una estética ya de por sí inexistente. Una mejor absorción de los golpes que entiendo que los surfistas más veteranos han priorizado también, por encima incluso de cuestiones hidrodinámicas, y que les ha hecho decantarse por ellas en perjuicio del foam.

Tendemos muchas veces a concebir al shaper como un profesional que únicamente se dedica a hacer tablas, reduciéndole a una función manual y de taller; pero el shaper, el de verdad, el auténtico, el que ha hecho avanzar este deporte desde los tiempos mastodónticos de Tom Blake hasta las tablas minimalistas de Al Merrick, es más que eso. El shaper hace tablas a golpe de cepillo en su taller, sí, pero también es alguien que las diseña, que las visualiza en su mente, las dibuja en una cuartilla, que concibe nuevos modelos y que da respuesta a necesidades que a los surfistas se nos presentan en el agua. El shaper se mueve muchas veces en ese terreno incierto, a medio camino entre el artesano y el artista. El inventor y ‘el manitas’. Tablas más veloces, quillas que nos aferran más a la pared, permitiéndonos hacer maniobras donde antes simplemente era impensable, materiales más ligeros…

Uno de los problemas a la que los shapers más han intentado dar respuesta a lo largo de los últimos cincuenta o sesenta años ha sido la de encontrar una tabla que pudiese emplearse en los días de verano, en los que las olas no tienen mucha fuerza y cuesta que nos lleven, sin la necesidad de que tuviese mucho volumen. Una especie de santo grial o panacea que tuviese mayor flotabilidad pero sin sacrificar la maniobrabilidad. Tablas cortas y anchas para unos surfistas prejuiciosos que no querían hacer uso de malibús, longs por considerarlos propios de novatos. La evolución en el diseño de las tablas de surf en los últimos veinte años ha sido simplemente impresionante y el abanico de modelos, formas y materiales se ha abierto hasta parámetros que nos dan una libertad que ningún surfero del pasado imaginó. En medio de esta revolución, de estas investigaciones realizadas por los talleres dando respuesta a algo que no olvidemos provenía de la propia comunidad surfera, de repente nos encontramos con este fenómeno imprevisto, insólito, propio de Expediente X o de un programa de Iker Jiménez, en el que desde el que está aprendiendo hasta el que lleva veinte años elige tablas de corchopan. Un fenómeno al que yo y supongo que muchos de los shapers que han invertido tiempo, dinero y horas de sueño en busca de mejores diseños para el verano no encontramos respuesta.

No se trata de discriminar estas tablas de espuma porque son las que usan en las escuelas o los que están aprendiendo, como antaño los locales discriminaban o marginaban a los que llevaban un minimalibú porque tenían la prejuiciosa idea de que el que llevaba estas tablas no sabía, se trata de cuestionar la elección indiscriminada de este tipo de tablas por una gran mayoría de la comunidad surfera. Un tipo de tablas cuya única aportación al diseño y mérito para pasar a la historia del shape es el descubrimiento de incorporar un asa que facilita su traslado del coche a la orilla o viceversa, como si la funcionalidad o no de una tabla estuviese en su trayecto del parking al agua o de la escuela a la arena. Ignorando el hecho de que una tabla no es una maleta en lo que se prioriza es su transportabilidad, pues si fuese así lo próximo será hacer tablas trolley con ruedas. Aunque parezca una obviedad donde tiene que funcionar una tabla es en el agua. Es allí donde tiene que darnos su mayor rendimiento. Como se encargaba de repetir Florian Carlo, shaper que vio por dos veces truncados sus deseos de hacer un taller y una tienda de surf diferentes, “la tabla es el elemento más importante en el equipamiento de un surfista, es lo que nos desliza por el agua y lo que nos pone en contacto con ella”. La elección de un tipo de tabla no debe ser algo baladí, ni seguir dictados externos ni modas. Debe responder a una decisión personal, libre y plena. Debe contestar a una deliberación nuestra interna intentando hallar solución a esta pregunta: ¿qué nos gustaría hacer en el agua? La tabla nos tiene que ayudar en el agua a sacar el mayor rendimiento posible a unas condiciones externas de oleaje e internas relacionadas con nuestra destreza, técnica o forma física.

Tampoco consiste en ser fetichistas ni megalómanos, una tabla de surf no es mejor cuanto más dinero cueste o cuanto mejor sea su acabado o dibujo, pero entre esta superficialidad y la tendencia actual de elegir una tabla de marca blanca sin personalidad y nunca mejor dicho sin alma tiene que haber un término medio. Se trata de que cualquiera que ha surfeado en algún momento de su vida sabe que entre un surfista y su tabla se establece un vínculo, una auténtica relación de amistad, a menudo tan intensa que puede desembocar en romance. Se trata de que el surfista, como el que ama las motos, las bicicletas o los coches, sabe la relación especial que se establece entre él y su vehículo. Y la importancia de su elección. Aunque quieran aplicar ahora a las tablas los mismos parámetros y estándares de fabricación y de marketing que la ropa y los electrodomésticos (acabaremos viéndolas 2X1, día sin IVA), estas no son así, una tabla es única, primero porque así lo concibe el shaper en su taller, y segundo, porque para un surfista no puede haber dos tablas iguales, y sabe que su tabla es única, irrepetible y maravillosa. Esto lo sabe bien el que ha tenido una tabla y ha visto como se ha hecho un golpe por chocarla con una jamba de la puerta al salir de casa o una columna del garaje al extraerla por el maletero del coche, o le han hecho un toque bordeando una ola uno que se la ha saltado o remontaba por donde no debía. Sabe que un golpe en su tabla de foam duele mucho, casi más si me apuras que uno propio, pero pese a ello, pese a su fragilidad, no la cambiaría por nada del mundo. Mucho menos por una de corchopan.

Eduardo Illarregui Gárate

http://surfordieoflaughter.blogspot.com/

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